24.12.07
FELICIDAD
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24.3.07
bip-bip

La señora a la que le voy pisando lo callos me mira con cara de fastidio, no porque mis enormes tacos se entrecrucen con sus sandalias, sino porque el mensaje es erre-uno, circule por la derecha, deje bajar antes de subir (como si aquello fuera un ascensor), no traspase la línea amarilla e, implícito o subliminal, ponga su mejor cara de fastidio. Mi elección es conectarme a los oídos algo de música tipo mantras de monjes budistas de la montaña donde el diablo perdió el poncho; cosa de que la cara de fastidio no vaya a dejar huellas en mi rostro, como una arruga indebida en la comisura de los labios o se acentúe esa que hay en el entrecejo y que devela lo complicado que es hacerse mayor y mantener el buen humor.
Mientras en el vagón se va eliminando el espacio hasta para la imaginación, el señor de gafas que no deja de mirarme me pone nerviosa, es un hombre alto, bastante elegante y me mira como si nos encontrarámos en una fiesta y está a punto de invitarme a bailar. Yo deslizo mi mirada al suelo, como hace toda mujer que se maneje en las artes de la seducción y prudencia y termino por descubrir el secreto de mi encanto: botones en mi blusa se han liberado del ojal y dejan entrever buena parte de mi anatomía aprisionada por lencería poco sexy.

La conductora del tren anuncia mi parada y es el momento de olvidar la altura de miras, el amor a los delfines y la hambruna de África, para traer a la memoria aquellos sublimes momentos de vidas pasadas en que la ley del guerrero hacía posible la sobreviviencia y permanencia en la tierra. El objetivo parece simple, pero el desafío es salir primero, poder tener esos segundos de espacio para dirigirse a la salida con más de la séptima parte del metro cuadrado asignado.
Una vez sobre tierra, el viaje ha sido superado. La temperatura desciende, mi cuerpo responde a los nuevos estímulos, y siento algo mezcla de alivio y poder...

Nada mejor que encender el televisor por estos días para no olvidar aquello de que “en vías de” significa mucho más de lo que pensábamos era el camino del desarrollo. Ahora se tamizan las heridas cortopunzantes, los cincuenta millones robados de un tranquilo hogar de la ciudad, el diploma mula del político, el robo a mano armada del almacén, los reos escondiendo su rostro de tribunales, entre otros hechos menos espectacurelevantes, con las noticias del nuevo sistema de transporte urbano.
Qué más decir ya. Pues nada, a gozar.

En medio de este gozo, igual vendría bien un tiempo para dedicarle un espacio a la memoria de Baudrillard, Dios lo tenga en su gloria. Quizás mientras la gente se enfila para subirse a uno de los esperados buses por la mañana, pudieran organizarse debates para conversar acerca de si el pensamiento de Baudrillard se constituiría discurso posible para comprender el fenómeno de desorden y desidia que se da en la garita del operador del bus esperado en cuestión.
Se me ocurre también que esta modalidad de debate en el contexto de la espera de loco-moción, y que pudiera organizarse en el tipo “debate hora peak AM” y “debate hora peak PM”, cosa de saber bien a qué nos referimos, podría irse dinamizando con la intervención de diferentes personajes emblemas del paisaje urbano. No sé, sería interesante que el debate se iniciara con una mesa que enfrentara a diferentes sectores de la población, tal vez el día miércoles pudiera ser el día de la dueña de casa, pudiéndose compartir la experiencia de la mujer madre generalmente, mujer soltera otras, mujer pícara de vez en cuando. En fin, podríamos recibir de forma gratuita y amena la infinita sabiduría popular; de ésa sabiduría que, a fin de cuentas, es la que hace que lo países sean más o menos ricos.
las imágenes son de Andyland.

“Ni trascendencia ni profundidad, sino superficie inmanente del desarrollo de las operaciones, superficie lisa y operativa de la comunicación. A imagen y semejanza de la televisión, el mejor objeto prototípico de esta nueva era, todo el universo que nos rodea e incluso nuestro propio cuerpo se convierten en pantalla de control.” Jean Baudrillard. 1929-2007.
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8.2.07
de bikini negro, otra vez

Aunque parezca increíble, no aproveché oferta alguna de la jugosas liquidaciones de estas épocas, ni siquiera me asomé para no caer en vil tentación; nunca se sabe la enorme cantidad de cosas inútiles que uno puede necesitar al verlas a precio de 2 x 1. Así que, contradiciendo mis propias creencias -en cuestión de gustos, se entiende-, saldré a lucir mi deslucido bikini negro por las playas del Pacífico.
Poco han hecho las sesiones en el gimnasio para poder lucir la dichosa prenda como una diosa de film italiano de culto, pero qué le vamos a hacer, la cosa es permitir que este cuerpecito que llevo en mi tránsito cotidiano, algo colapsado de tareas intelectuales (cosa que al parecer es parte de su naturaleza, me han comentado) se merece un recreo solar, veraniego, desatado de normas y horarios y entregas y planillas y trabajos y papers y furias y aprensiones y preocupaciones varias.

La distensión que se hace posible por estos días de verano, en que pareciera todo corre a marcha lenta, permite poder revisar ciertas cosas del modo que no se pueden hacer durante el año. Se puede ver algo más de tele, por ejemplo, para poder oír una y otra vez como la prensa califica todo como un desastre “de proporciones”, sin ninguna aclaración respecto del tamaño de esas proporciones, claro. Eso dicen va a ser la puesta en marcha del
Transantiago, un desastre “de proporciones”; un desastre grande, me imagino.
Y no sé. Si hay algo que podría aceptar como parte de nuestra idiosincrasia es ese “quejoneo” diario. Es cosa que te fijes, entabla la conversación con cualquiera y, a los dos minutos, se está quejando de algo que le parece terrible, o bien, aclara su sentimiento profundo respecto de todo lo que va mal, sin percibirse intención de que vaya mejor. Recuerdo, tiempo atrás, hablando con un mexicano, me solía decir que eso le llamaba la atención de nosotros los chilenos, de como nos quejábamos y teníamos conciencia de lo mal que había, pero sin ganas de cambiarlo.

Quejarse viene bien, un auch, o chuff, pfss, de vez en cuando es estimulante, erótico quizás. Quejarse denota capacidad de comprensión del propio malestar. O bien, a veces, del propio placer. Es cierto, el quejido es variable y bipolar, es cosa de como se mire. Pienso que tal vez el constante quejido en el que vivimos en Santiago puede ser una señal de placer, algo morboso, pero placer al fin. El placer de estar en constante malestar, son cosas del cambio climático, creo.
Cuando veo aquello de “deje aquí su queja o reclamo”, más de una vez he estado tentada en dejar un auch escrito en mayúsculas, pero lo cierto es que es pertenezco a la categoría de “persona que deja un reclamo”, cuando lo hago, claro, que no es precisamente muy seguido (habré dejado un par de reclamos en mi vida como mucho). Me cuesta esto de la queja, algo en mi super-yo, diría un psicólogo agudo, no permite que sea de la idea de quejarme. Pero reclamar me es más fácil, oh sí.

Por eso, el que Transantiago sea el reflejo de este quehacer a medias -que nos suele caracterizar- es una instancia perfecta para el quejido ciudadano en pleno. Deberíamos reunirnos en la Plaza Italia para acumular fuerzas de malestar y resollar un quejido constante, cosa de que se entienda bien el profundo malestar que nos aqueja. Porque reclamar, qué vamos a reclamar, claro, la cosa no tiene vuelta y de seguro todos están conscientes de que lo que se ha hecho mal, está mal. Siempre es un otro el responsable y siempre habrá un otro que tiene la culpa de todo es mal que nos aqueja, y nos obliga a quejar.
Sé que mi visión es algo radical y medio extrema, con decirte que no me gusta dejar propina a los camareros, no dejo los cuatro pesos para la fundación sta. pepita de los pobres repobres y me da lata que la gente llore su desgracia en la micro en vez de cantar algo. Soy una bestia, lo sé; pero algo se me hace que tanto quejido es medio ensordecedor.

La historia sigue siendo el “a quién reclamar”. Veía días atrás por youtube unos videos, el famosillo
Loose Change 9-11 y otro sobre el supuesto tongo del viaje a la luna. Al terminar de verlos, semi escéptica, me vino eso de “a quién reclamar”; no me corresponde reclamar por algo que sucedió tan lejos de mí, pero el abuso de lo mediático también es para reclamar, a veces. A quién reclamar por lo del Transantiago, ¿al gobierno? ¿a las empresas? ¿a las empresas que contrataron las empresas anteriores? ¿a las empresas que contrataron las empresas que contrataron las empresas anteriores? ¿a los ingenieros que idearon el plan? ¿a los choferes? ¿a la vieja que te empuja en el metro? ¿al lolo que no se bañó en una semana? ¿al caballero que te mira con cara’e poto? Pues es difícil, sí. Mejor quejarse y ya.

Pero yo no me quejo así, ya te dije. Así que lo que voy a hacer es tener mi tarjeta Bip! cargadita, aceptaré los apretujones, reclamaré mi metro cuadrado (prefiero, que a compartirlo), y caminaré por la derecha en el metro; seré una chica buena, y dejaré que el desastre “de proporciones” me ofrezca un espectáculo tan fascinante como la pequeña gigante.
Y hablando de quejidos, claro que sí, cómo no, trataré de dejar alguno estampado en las noches estrelladas de nuestro mar que agitado nos baña. Oh sí.
las imágenes son de Binth.

“Amor es perdonar; y lo que es más / que perdonar, es comprender... / Amor es apretarse a la cruz, / y clavarse a la cruz, / y morir y resucitar... / ¡Amor es resucitar!”. Dulce María Loynaz.
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26.1.07
santiago a 1kb

El muchachito que está delante mío en la fila lleva pantalones de mezclilla que le dejan al descubierto parte de la pantorrilla y tobillo, los bolsillos traseros quedan a la altura de sus muslos; una polera negra musculosa sin mangas y un jockey negro que lleva como ornamentación la marca que identifica a un grupo de béisbol de los Estados Unidos. Un aro dorado, pende de una de sus orejas. A sus pies, unas zapatillas sin cordones, cuya planta pareciera lleva resortes incrustados y por el frente, en la zona plateada de la zapatilla esa alita negra, virtual muesca para identificar otra marca. No reparo en él hasta que, desde los audífonos de mi flamante mp4 adherido a mis oídos, sale la voz de Daddy Yankee, tragándose las consonantes,
¡trabájame ese cuerpo, mami / sube ese temperamento, dame movimiento / lento, lento, y ella lo...En ese momento, intuyo que, por momentos, me pesan más de veinte años -y unos kilos- para sentir a cabalidad ciertas cosas.

Tiempo después, la señora que va en el metro, repleto a esa hora de niños y sus madres, me comenta que va a ver a la
“pequeña gigante”, -la vi en el cable, y le dije a mi marido, cuando supe que venía, que iría a verla de todas maneras, me siento cabra chica, pero da igual, y traje agua, por el calor...-, me dice mientras me sonríe cómplice. Momentos más tarde, entre sesenta mil personas, preparo mi cámara para tomarle alguna foto a la marioneta gigante, que duerme hasta tarde porque es una floja, dice un pequeño de jockey verde.
viste, buey / pensaste que esto es un mamey / no vo'a dar break / deja ese guille de scarface / get out my way / usted no vende ni en e-bay / No das pa' na' / conmigo 'ta frito-lay / chequea el swing / que se le pega a to'a las nenas más que un g-string / yo soy la pesadilla de todos los dream team / ya se te acabó el magazine / conmigo no te la guilles, pa', de listerín
Enciendo un cigarrillo a la espera de la marioneta, un hombre a mi lado me comenta -desde la típica sabiduría del chileno medio- que él ha notado que las mujeres hemos adoptado todos los vicios de los hombres, le digo que si le molesta que fume, me contesta que no, al parecer le interesa seguir con su monólogo sobre esta transformación femenina que su aguda percepción ha notado; -fíjese nomás, ahora tenemos presidenta mujer...-. En ese momento pierdo el interés por la conversación con mi interlocutor y le miro con un respingo de nariz.
¡rompe, rompe, rompe! (bien guilla'o!) / ¡rompe, rompe, rompe! (ese cuerpo ella lo!) / ¡rompe, rompe, rompe! (bien guilla'o!) (are you ready?) / ¡rompe, rompe, rompe! (break it down!) / ¡rompe, rompe, rompe! (the way she moves ella lo!) / ¡rompe, rompe, rompe! (break it down!)
La pequeña gigante pasa por mi lado y recuerdo las palabras de mi amiga que asevera que sólo la locura despierta a esa masa adormecida que pasa la mayor parte de su tiempo libre sentado en la seguridad de su hogar y frente al televisor diciéndole lo que debe ver, para comenzar a ver.
nananana... (hey!) / nananana... (hey!) / nanananana...Regreso a la pantalla del computador, mi mente debe enfocarse en traducir ciertos textos, relacionar ciertos pensamientos, acotar ciertos límites, ensayar algunas frases; y comenzar a investigar como ratona de biblioteca ciertas cosas, quizás para comprender e interpretar realidad, esa dimensión de jóvenes con zapatillas que vieron en la tevé, mujeres que pueden disfrutar en vivo lo que en sale en el cable y hombres que percibieron la transformación femenina.
Cuento los dedos que salen de mis sandalias, los muevo y agito, e imagino si fuera una gigante cuán grandes serían esos dedos, mis dedos. Pero no, soy pequeña y nada espectacular, tengo
feina que hacer y disfruto como niña la idea de un rinoceronte destrozando Santiago.

”Lo que queremos es un cambio cultural, pero si no sabemos que lo que define a una cultura es el emocionar que sus miembros generan y conservan con su vivir al vivir en ella, no podremos hacerlo... y no podremos hacerlo porque pondremos nuestra atención en lo que queremos cambiar generando oposición, y no en lo que queremos conservar generando inspiración.”Ximena Dávila. 2003.
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31.12.06
A 35 grados, bienvenido nuevo año
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10.12.06
Xile viu, Pinochet es mor

Casi sorpresivo. La prensa en cadena mundial. Una muerte anunciada que sabíamos iba a significar demasiadas cosas.
Se ha ido sin pisar la cárcel, y ya estaba condenado por el mundo. Su figura se ha tornado tan simbólica que no es de extrañar los hechos que la televisión se ha engolosinado en mostrar. Ya no se trata de la figura de un ser humano, se trata de la personificación de una época que ha marcado el destino de millones de chilenos.

Un hombre de temer, una figura de terror, copartícipe de los ideales de la Guerra Fría, del nacionalismo abyecto, su voz característica dejó huellas en el inconsciente de un país con su “aquí no se mueve ni una hoja sin que yo lo sepa”. Era la figura del miedo.
Anecdóticamente, hoy se conmemora el Día Internacional de los Derechos Humanos; y sucede el hecho irreversible que trae a la memoria tan amargos recuerdos. No vale el terror como moneda de cambio para ningún argumento que justifique las atrocidades cometidas, el temor institucionalizado, y tan difícil de erradicar.

Desearía fallecería la prepotencia, esa soberbia a la que pareciera nos hubiéramos acostumbrado. En donde los argumentos falaces sirven para cerrar los diálogos abiertos, en donde los discursos plenos de lugares comunes parecieran adquieren valor de opinión válida.
No cabe duda que hoy es un día histórico, quizás no tiene el matiz de festejo -pues algo de nuestra ética aún nos dice que la muerte de alguien merece respeto-, pero sí habremos de reflexionar sobre los significados de lo vivido. La justicia deberá entender que el tiempo posee límites que la historia requiere, que no puede haber salud social en donde no hay una justicia ágil y comprometida con su país.

Chile necesita con urgencia recuperar su salud “mental”, por eso es que se necesita consolidar este día como el día en que un capítulo doloroso de un país se cierra; y no sé, el tiempo se encargará de registrarlo. Y las generaciones que vienen se encargarán de revisar este episodio con la objetividad que requiere; nosotros, los adultos envueltos en las emociones de estos hechos requeriremos de seguir reconstruyendo y reconstruyéndonos para erradicar el miedo, y para construir desde la libertad que hemos sido capaces de conquistar.

Aún quedan muchas aristas heredadas del gobierno totalitario de tú-ya-sabes-quien, queda el miedo a opinar, la actitud prepotente, el rencor por el daño causado, la incapacidad de la justica por dar a luz pública toda la verdad, la miopía de los medios de comunicación en su compromiso con la democracia de un país, la transparencia en los actos más comunes del diario convivir...
No obstante, el camino se hace al andar. Y las anchas alamedas están abiertas para que por ellas circulen los hombres -y mujeres- libres.
Por que ya no más, nunca más en Chile, por favor.
el título de este post está sacado del titular de www.vilaweb.cat
“Artículo 30. Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración”. Declaración Universal de Derechos Humanos. 10 Diciembre de 1948.
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9.10.06
divagaciones profesionales

“Esto no es arte, es puro efecto”, o algo como eso, decía la protagonista de una novela que leía días atrás, mientras mostraba una pintura que ella misma había realizado. La novela, “Castillos de cartón” de Almudena Grandes, se divide en arte, sexo, amor y muerte, en la historia de una mujer y dos hombres que se lían sentimentalmente mientras son estudiantes de arte. Y aquella frase me quedó dando vueltas varios días. Como si hubiera salido de mi pensamiento.

En el diseño, disciplina que profeso, el tema del arte saca ronchas, alguna vez la había comentado, pues no se puede ajustar una disciplina que hoy involucra un ámbito muy amplio de actividad comparado a la visión del arte desde su función poética; no obstante, permanece como parte activa del oficio de diseñar. Lo bello no importa tanto como lo útil, pareciera ser la consigna; pero a la larga, lo bello sí ha importado y ha sido esencial en el desarrollo de un artefacto. Por lo tanto, desligado de la contemplación, pero arraigado a la belleza, el diseño –y el diseñador– tangencian el arte; así como la técnica.

No siendo artistas, porque por algo uno se dice llamar diseñadora –y a mucha honra–, solemos comprender cuando las fronteras entre la ciencia y el arte nos llevan a confundirnos, no a nosotros mismos, sino a los demás hacia lo qué uno hace. Y es que es de comprender, porque se hace difícil saber a ciencia cierta qué es lo que un diseñador hace. ¿Manejar un software? ¿hacer monitos? ¿un lindo logo? ¿una página web? ¿un libro, una revista?... Y sí, hace eso y muchas cosas más. Pero, ¿se sabe de dónde sale eso que hace? ¿acaso aparece una musa inspiradora que te cubre de una luz dorada y te sugiere lo más bello para proyectar y después realizar? Pues me temo que la cosa no es así; o, al menos, no todo el tiempo.

La profesionalización del oficio ha ampliado el campo de conocimientos del diseñador, pero no existe aún un estándar generalizado (en nuestro país) que mida las competencias exactas de ejercicio; por eso, a vista de las aparentes necesidades actuales, cualquiera que maneje bien dos o tres softwares se las puede dar de diseñador y, en una de ésas, puede ser uno muy bueno. Por eso, estamos en esa labor de introducir nuestros conocimientos en la capacidad de proyectar para efectos comunicacionales, ahí donde la necesidad existe, pero pareciera sólo lo comprendemos quienes estamos en el ejercicio.

Este individuo que diseña, que se desliza entre el arte, la técnica y, porqué no, la filosofía cotidiana; sabe de lo que habla, cuando habla; y lo que hace, cuando lo proyecta y dibuja. El diseñador no puede escurrirse en lo divino, ni en lo sublime; así como no puede perderse en la tecnología, la técnica ni la ciencia; como tampoco se le puede olvidar aquello sensible que puede descubrir en lo mundano; al mismo tiempo que resuelve la eficiencia de una comunicación entre él y su cliente.

Todo eso, quienes hemos ejercido, lo aprendimos casi al mismo tiempo que nos pillaba la crisis asiática, nos poníamos al día con la cibercultura, nos deshacíamos de los preceptos de la Bauhaus y manteníamos nuestros vicios artísticos bajo control. Y hoy, vemos como se hace necesaria la estandarización del profesional del diseño como ese profesional que ofrece su pensamiento y oficio al servicio de las necesidades comunicacionales de todo tipo, que son las necesidades que impone la actual época del consumo y la sobre información. Las alianzas del diseño a la empresa privada y pública, sus éxitos en el valor agregado de productos, así como el aporte en la innovación de estrategias comunicacionales y de conocimiento, obligan hoy a esta profesión a adquirir un rol más preponderante que el habitual, aún pareciendo tan pequeña en su episteme como ambigua en sus valores de mercado.

Cuando adolescente comprendí que el arte me podría casi aniquilar, podía sentir que aquello que sucedía en mí mientras trabajaba en algún lienzo o papel era una fuerza demasiado grande, imposible de mantener en orden: no quería ser artista, no era artista. Pero sí me gustaba dibujar y escribir lo que mi pensamiento dictaba. No cabía duda, debía ser diseñadora. Lo mío no era el arte, era el efecto. Y nunca, jamás, pensé que aquello era mejor o peor, sino que sencillamente era lo que debía ser. Por eso me cuesta comprender la comparación –y pareciera distinción– entre arte y diseño, cuando para mí siempre ha sido tan clara.
Siento, y luego existo; pienso, y luego diseño.
logo trends, logolounge.com
“... es al Diseño a quien corresponde, en esta nueva época, modelar las conductas estéticas de la sociedad. Es el diseño quien entrega, por ejemplo en las teleseries, los criterios estéticos de los diversos grupos humanos, enfatizando, a veces caricaturizando, los distintos gustos etarios”. Marcelo Rodríguez M.
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27.8.06
cosas de mina

(uf, pero qué descuidado tengo este local, atroz, atroz.)
Días atrás, una muchacha me comentaba ciertas bromas de un profesor sobre la culpa de las mujeres en provocar “el desaparecer de la humanidad a futuro por su idea de ponerse a estudiar”, y dejar de procrear y criar que es lo suyo. Ante eso, no hice más que sonreír y tratar de hacerle comprender a la muchacha el cómo podemos convivir de lo más bien en diferentes espacios: como si, de repente, entráramos a un lugar en donde vivimos como en el siglo XVIII, y sales de ahí, al siglo XXI. Creo que la chica entendió mi mensaje, pero en mi interior, había ocho mil dragones mugiendo fuego.
Cuando mis dragones interiores escupen fuego a veces me da acidez estomacal; pero, generalmente, no pasa de un vahído de ira que me recuerda que la tristeza habita en mí. Porque es muy triste esto de bromear con algo que te ha llevado siglos de “conquista”, con todos los sinsabores que haya podido significar.
Aquí, en nuestro país, la conquista “femenina” ha tenido uno de sus máximos hitos: nos gobierna una mujer. Sin embargo, el fenómeno de discriminación constante, heredado por siglos, no ha dejado de verse reflejado una y otra vez. Y es que no tenemos cómo ser objetivos con el tema, la confusión por los estereotipos no nos lo permite.

El decaimiento aparente que se vive en los aspectos culturales en nuestro país, demarca un territorio en donde no podemos ver claro si esto puede tener alguna relación con ese fuerte y arraigado pensamiento patriarcal que nos impera. ¿Cómo saber si las críticas hacia al gobierno son producto del prejuicio o producto de la crítica objetiva? ¿Dónde está la crítica a la acción política? Lejos está de mi deseo abanderarme con un gobierno sólo porque lo comanda una mujer, sería la actitud más fundamentalista y poco objetiva que se pudiera tener; no obstante, sí se puede observar con cierta claridad el cómo los medios y la crítica adolece de cierta inmadurez para observar objetivamente, dejando entrever sus prejuicios patriarcales. Pero entender eso, explicarlo, es más difícil que cambiar los textos en la parte en que los planetas no son nueve, sino ocho, porque resulta que ahora hay una categoría de planetas ‘enanos’.
En esta época, en que la mujer ha comprendido que es incapaz de llevar a cabo todos los roles que le impone el estereotipo televisivo, el estereotipo de consumo, y que debe comenzar a dialogar con la sociedad para compensar la sobrecarga de trabajo, es cuando más lejos se encuentra de poder encontrar las palabras adecuadas. Porque la tristeza, disfrazada de ira, aflora a la menor presión. Entonces su silencio comienza a formar parte del vacío que habita en los espacios urbanos. Silencio incómodo, que perturba y que sólo se rompe cuando los temas le son “naturales” por estereotipo, sea familia, amor, hogar, etc.

Lo cierto es que el estereotipo de la mujer feminista está muy lejos de realidad alguna, ¿quien desea ser feminista hoy en día?¿se puede tener tiempo para ser feminista? A lo sumo, se tiene tiempo como para cumplir las labores de 9 a 5 en la oficina y de 5 a 12 en el hogar. Se debe cumplir con las demandas del jefe y las de los seres queridos, al final no se entera quién es quién, pues la mujer, supuestamente cálida y acogedora por naturaleza, pareciera responder a las necesidades sin pensarlo mucho. Es la fortaleza de ser femenino, y la debilidad para ser social. Es idóneo a las políticas económicas este “ser femenino”, preocupado de las demandas del espacio privado, preocupado de cubrir las necesidades de sus cercanos pues, de ese modo, resolverá siempre de la manera más eficaz lo mejor para que los suyos, aún en detrimento de los otros, estén bien.
En general, y eso es lo vago de mis divagaciones-la generalización-, nos construimos en función de los estereotipos o las tipologías que nos pudieran identificar; poco es el tiempo que le dedicamos a recrearnos en nuestro ser, pues adonde nos pueda llevar esa recreación se podría acercar a límites antisociales o inaceptables socialmente, y la cosa es andar tranquilo por la vida. Siendo un cualquier otro, pero tranquilo.

Las soluciones a estas problemáticas, denominadas de género y que suelen hacer arrugar la nariz a la mayoría, son muy simples. Una es el diálogo. No es sino a través del diálogo que nos construimos de nuevo. Dejaríamos de ser aquella muchachita fea si en una conversación alguien nos dice lo guapa que somos, o viceversa, claro. El silencio no construye socialmente. El silencio sólo es bello cuando hay dos que se comunican sin palabras.
La tarea para cumplir esa meta de igualdad tan deseada por nuestras abuelas -que iban de feministas- no es otra que empezar a escucharnos, no sólo entre hombres y mujeres, sino entre mujeres también. Dicen que el cerebro femenino es distinto: evidentemente, siempre hemos sabido de la diferencia; por eso, no se trata de igualdad en aquel sentido, se trata de equilibrio en la convivencia.
“Tú cocinas hoy y yo lavo los platos, mañana cocino yo”, ¿cómo se traslada esta conversación al lenguaje de lo público?
imágenes publicidad y mujer de la red
“Ser best seller en sí mismo no puede considerarse una injuria; todos los escritores aspiramos a ser leídos”. José Miguel Varas.
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