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11.10.05

la ciudad de los trencitos a pedales

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Tomé un taxi mientras el semáforo marcaba rojo, aproveché para no hacer esos “tacos” que uno provoca tomando un taxi en cualquier parte. El taxista, mientras el coche se encontraba detenido echó a andar el taxímetro, viendo que se formaba un pequeño “taco”, le pregunté -¿Va a poner altiro el taxímetro, no va a esperar a partir?-, imagino que la respuesta se veía venir, -Señorita, este es mi trabajo y estoy trabajando, así que el tiempo cuenta también...-, a lo que añadió con un tono desafiante y algo grosero -... si le gusta bien, sino se puede bajar altiro...-. Creo que pasó un ángel, mientras pensaba qué hacer, dada la invitación a bajarme; en cambio le respondí: -¿Porqué me agrede señor, acaso tengo yo la culpa de que haya tenido un mal día, o tenga problemas en su matrimonio o en su casa, o que usted esté afligido por sus deudas?, ¿Acaso le agredo a usted por mis problemas?-. Como por acto de magia, el taxista viró su rostro y me miró, me trató de “dama” y me pidió disculpas, a lo que agregó un si acaso yo era adivina, que sabía que algo en él andaba mal.

Imagino que algo de eso es cierto, pues siempre he sabido, desde mi lado B, que tengo una cierta facilidad para intuir los ánimos de las personas o lugares; algo medio esotérico que no es necesario desentrañar. Lo que es más real y entendible, es que no hay que ser adivino para saber la razón por la cual alguien desconocido te agrede verbalmente a la primera que puede.

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El otro día hablaba con un muchacho de la isla Robinson Crusoe, tan famosa por estos días; me comentaba que era su primera vez en Santiago y quizás la última, asombrado de haber viajado en el metro pidiendo disculpas por andar topando a la gente, hasta que se dio cuenta que lo que había que hacer era empujar, y rápido, sin mayores comentarios.

Personalmente, tengo conciencia de mi genio de “los mil demonios” (además de cierta pesadez, algo como ser medio “vaquita en brazos”), a través de los amorosos comentarios de la gente que amorosamente comparte conmigo, es decir, pareja, familiares y amigos. Ellos, sincronizados a mi vida y yo a la de ellos, reconocen y toleran esos mil demonios como lo hago yo con sus características menos afables. Distinto es adaptarse a los mil demonios de toda una ciudad. Para ello, suelo deambular sin “conectar” demasiado con quienes en sus “modos” llevan la carga impuesta por ese imaginario lugar en que desean vivir y que poco se parece al que realmente viven. Es una cosa de salubridad mental, o de cierta insociabilidad congénita, no lo sé bien.

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Leía un gracioso artículo, acerca de la droga Geriniol, la que ha causado todos los males del mundo, y pensaba en el modo original de transformar un añejo discurso en material informativo actual. Al mismo tiempo, con esa sincronía que se produce cuando tienes una idea en la cabeza, leí otros artículos que de algún modo (¿rizomático?) se enlazaban, se sincronizaban a esta idea de la ciudad agresiva y hostil que solemos cohabitar. En un diario local, un connotado ex empresario, comentaba lo fatigado del modelo económico que nos rige, dada la desigualdad económica y social, siendo éste uno de los principales artífices del mismo; por otro lado, un escritor opinando de esa clase media imaginaria versus la clase media real. Elementos de esta cultura (http://paredro.blogspot.com/2005/10/maldito-liguria.html), que nos ha dado por llamar global a veces, pero que, a todas luces, nos tiene de muy mal humor.

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El mal humor es un fenómeno que me acompaña periódicamente ciertos días del mes, acompañado de una pesadez física que he aprendido a comprender se debe a la sinergia de ciertas hormonas, carbohidratos y deudas; por lo que también he aprendido a manejarla, cosa de que si me afecta no se transforme en un terremoto en Bangkok. Pero, visto y considerando la horrible tragedia de Pakistán, estoy dudando de que lo esté manejando bien. Sí, ya sé, exagero, pero quién sabe, en una de ésas la culpa no es mía y es tuya.

Lo que ya sabemos es que en este cuerpito que Dios nos dio, cuando se suceden fenómenos químicos y tal, se van generando algo como ciertos patrones y hábitos de vida. Es decir, mucho mal humor termina siendo parte de tu cuerpo. Ya no “tienes” mal humor, lo “expeles”, ¿entiendes? Y el pensamiento se convierte en un esclavo de tus patrones químicos, o sea, ya te has convertido en un malhumorado sin remedio. Pero, no te vayas a confundir ¿eh?, que andar de buen humor por la vida es lejos lo menos parecido a andar de light por la vida, oh, no, no, nada que ver: he ahí el asunto.

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Hay que aprender mucho, lo tengo claro, desde comprender en toda su dimensión que en un triángulo rectángulo, el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos; hasta saber dónde termina el espacio real de ti mismo, de modo tal que tu mal humor no contamine a tu vecino. Son cosas del desarrollo cognitivo, dicen.
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¿Creyó en algún momento que se estaba volviendo loco? –Por supuesto, pero me salvó siempre el sentido del humor. Me contaba historias que me volvían loco de risa. O recordaba situaciones que hacían que me tirara al suelo a reírme”. Roberto Bolaño. Página 12. 23/jun/2003.

 
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