
Este había sido un ajetreado día, como lo han sido estos últimos días. Por la tarde, me compré un kilo de frutillas y me puse a esperar en una larga fila, repasando ciertas tareas por terminar, junto a todas esas cosas que pasan por la cabeza al mismo tiempo, como acordarse de cortarse las uñas o llevar a reparar el secador de pelo. Ahí estaba en un instante absolutamente trivial de mi vida, cuando fui sorprendida por la imagen que, frente a mí, formaban una pareja de jóvenes.
Ambos, de veinte y algo, estaban en una postura de acoplamiento bucal que era sorprendente. A no más de medio metro de mí, se buscaban sus respectivos rostros con sus manos y boca, para darse unos besos que comprendían una gimnasia lingual de características olímpicas. Y sentí pudor.

A pesar de mi pudor inicial, seguí observándolos, resguardada por mis gafas oscuras; pues semejante ejercicio visual no se puede desestimar, sobre todo cuando se entrega gratuitamente. Habré estado alrededor de diez minutos en esa fila, observando el abrir y cerrar de los ojos de la muchacha mientras él saboreaba sus mejillas y boca. Y, en ese acto de autorreferencia imposible de calificar, pensé en cuán misterioso es este camino de eros y cupido; camino que, al igual que todo aquel que se dice curioso, he transitado a veces magistralmente, otras muy torpemente.
Amor y deseo, fórmula perfecta, tan lábil a veces, pero siempre eficaz, certera, ante la presencia de sus principales enemigos: el miedo y la fatiga.

Continué mi travesía vespertina por la ciudad, camino al descanso, observando el paisaje urbano tapizado de propaganda electoral: decenas de personas sonrientes, recordándonos lo extraordinariamente sonrientes pueden ser por estas fechas en que dependen de tu raya a lápiz al lado de su nombre en la papeleta electoral. Contaminación visual que obstruía mis divagaciones mentales sobre el miedo y la fatiga.
Qué irrelevante se ha tornado el amor, pensaba, entre afiches de la UDI y RN; cuán tergiversado y vaciado de sentido se comprende el deseo a veces, discurría frente a un precario cartel del Juntos Podemos Más; será que el miedo y la fatiga nos han esclavizado, hipotetizaba pasando por el “estoy contigo” de la candidata Bachellet.

Una vez en casa, mientras lavaba mis manos de metro, monedas, pasamanos, saludos, ventanas y puertas, deslizaba el jabón entre mis dedos, comprendiendo que son mis manos las que me ayudan a desoír lo que mi pensamiento susurra, pues mientras puedan deslizarse por tu piel y tu boca, me seguirán imponiendo su valentía y fuerza. Ya sé, tú siempre has sabido que, en esos efímeros y sublimes momentos, entre mis dedos se desvanecen el miedo y la fatiga. Ahogados. Por tus besos de deseo y amor.
Y no, no, mi amor, no se trata de poesía ni música: sólo se trata de la pragmática cotidiana.

“(...) quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente // que regando encerrada bellos miembros extremos // siente así los hermosos límites de la vida.” Unidad en ella. Vicente Aleixandre.