
Caminaba esta noche, mientras observaba un desfile de diminutos vampiros y brujas paseándose de la mano de sus papás, recorriendo calles con una calabaza de plástico llena de caramelos y otras delicias. Alguna relación extraña tenía que ver ese divertido paisaje con lo que por mi cabeza deambulaba con la seria intención de parecer una idea, pero no, era sólo divagación pura.
Es noche de brujas, y debiera haber salido a pasear en mi escoba a algún aquelarre comunal, provincial o urbantech. Será que ya no soy bruja, pensé. Y claro, nunca lo he sido. Para ser bruja hay que dominar el arte de los hechizos, cosa que hasta donde sé, no manejo en absoluto. -
Me tienes hechizado-, me dijo una vez un romántico joven; -
será que te equivocas- le dije -
pues de hechizos no sé nada y salvo las ganas de transformarte en sapo para que riéramos un buen rato, no le veo objeto a hechizarte-; y después de eso creo que algo sí sucedió, pues no era precisamente un sapo, pero su comportamiento tuvo mucho de anfibio. Y será que de bruja tengo y no me he enterado.

Ciertos años atrás, un par de profesionales compañeros de trabajo me exponían su clasificación de las mujeres: princesas o brujas. Añadiendo que había una mezcla muy importante en esa clasificación, que de seguro les había llevado años de aguda observación: las princesas abrujadas y las brujas aprincesadas. Dentro de esa clasificación, mi impura nobleza me otorgaba la categoría de princesa abrujada; lo cual afectó mi alta estima y deseché por completo que tal clasificación pudiera ser cierta.
Lo cierto es que ser bruja no es agradable, pues te asocia a la idea de la nariz ganchuda, la verruga con tres pelos, el pelo con serios problemas de resequedad y la piel apergaminada bajo un absolutamente
out vestido negro mal amarrado en la cintura. Y es ahí, frente a esa visión, en donde comprendo porqué veía con asombro a esos pequeños vampiros y brujas aún dependientes de la orientación y cuidado de sus progenitores.

Sin querer, bajo diminutos disfraces se proyectaba lo que en un futuro, cuando la mano de papá y mamá no sea necesaria, podrían llegar a ser. Él un vampiro y ella una bruja; recibiendo desde otra calabaza, quizás ya no de plástico, aquellos dulces que le harán sentir feliz.
El vampiro, como el inspirador
Vlad Tepes El Empalador, se adentra en las oscuridades del ser y estar, para comprender que no puede amar pues su alma se ha extraviado. Mientras que la bruja amenaza con sus hechizos, pues ha aprendido que sólo a través de misteriosas y secretas fórmulas, heredadas de voz en voz, servirán para defenderse de esa horrible fealdad que le brindará la vida terrenal una vez resuelva pertenecer a la naturaleza alejada de su divinidad. Las brujas, fueron el callo en el dedo gordo para el Papa Inocencio VIII, hace más de 500 años, que con su Summis desiderantes, les declaró abiertamente la guerra, persecución y eliminación. Pero -dicen- no lo consiguió.

Está claro que mientras el minúsculo disfraz sólo sirva para merodear por el barrio, de la mano de papá y mamá, en busca de deliciosos caramelos poco deberemos preocuparnos. Sin embargo, tengo mis dudas si acaso no estaremos nosotros viviendo una noche de
halloween algo dilatada; si acaso no necesitamos ya la verruga en la nariz o los dientes afilados para sospechar que, en una de ésas, lo que creemos son dulces para nuestra calabaza no son más que premios a la acertada apariencia de brujas y vampiros que solemos ostentar.
Pero no, vaya que no, tú bien sabes que aquello de afilarse los dientes y tirar pelos de gato a la olla, para llevarse un premio dulce a medianoche, no es otra cosa que una especie de superstición estadounidense. Y para supersticiones, sólo dos: no pasar por debajo de una escalera y confiar en las estadísticas preelectorales.

“Todos cuantos te buscan te tientan. / Y quienes te encuentran te atan / al gesto y a la imagen. // Yo en cambio quiero comprenderte / como te comprende la tierra; / con mi madurar / madura tu reino. // No quiero de ti / vanidad alguna / que te demuestre. // Sé que el tiempo / no se llama como tú. // No hagas por mí milagros. / Da la razón a tus leyes / que de generación en generación / se tornan más visibles”. R.M. Rilke.