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11.12.05

con el dedo gordo entintado
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Estábamos en la fila, lamentándonos de no haber llegado a última hora, pues nos tocaría esperar algo menos de dos horas para sufragar. Una mujer se paseaba con un pequeño bebé, no fuimos pocas las que le preguntamos si lo “arrendaba”, para poder votar de inmediato y así salir más pronto de esa escuela, horno natural a eso de las 4 de la tarde. Sofocadas, sacábamos cuenta de lo positivo que sería poder votar en forma mixta (hombres y mujeres juntos), que de repente algo se podría “vitrinear”, que si algún chico tímido podría encontrar su media naranja al entintar su dedo de azul, o si tal vez sirviera para hacer crecer la vida social de aquellos más adultos que poco salen de sus casas. Pero no.

Y después vino el escrutinio, mesa a mesa, las agobiadas vocales por azar o por fuerza, leían a viva voz los resultados. Y se veía la tendencia. A esta hora, ya sabemos que tendremos que preparar de nuevo nuestros atuendos veraniegos y botellitas de agua mineral para ir a la segunda vuelta, elegir quien nos gobierne, ya sea ella o él: Bachelet o Piñera.
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Y la tensión será mayúscula, pues ante los resultados, se vaticina una segunda vuelta que será “peleada” voto a voto.

Mientras deambulaba en este deber cívico, escuchaba las conversaciones al pasar, elucubrando en qué pensará la gente cuando vota. Escuché más de una vez aquella afirmación existencialista en la que se dice que “gane quien gane, mañana tengo que trabajar igual y pagar las cuentas”. Lo que siempre me ha causado mucha gracia pues, hasta donde sé, no existe candidato alguno que haya alguna vez “prometido” cancelar las cuentas de sus ciudadanos y darles la garantía de no tener que trabajar jamás.

El asunto real es que no existe mucho qué decir entre la mayoría de la gente cuando de política se trata. Primero, por que es muy poco lo que realmente se sabe; segundo, porque sigue siendo considerado “mal visto” esto de hablar de política. Y lo divertido es que cuando vamos a votar, lo que vamos a decidir es un asunto eminentemente político, así nos guste o no.
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Tan importante como esa civilidad que nos ha caracterizado en nuestro período democrático, es esa capacidad de decidir con responsabilidad. Es decir, saber que debemos ser responsables de los gobiernos que elegimos. Como a los chilenos se nos ha implantado el deber de la responsabilidad mediante el dinero, más que como un mero vehículo de sustentabilidad, lo entendemos más bien como un bien necesario para poder consumir todo aquello que realce nuestro “estándar de vida”. Vale decir, el dinero hoy en día adquiere dimensiones que pasan más por un estado psicológico, que por uno económico.
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Y la prueba de esto es la votación hoy alcanzada por el candidato RN, Sebastián Piñera. Un candidato, cuyo perfil empresarial ha sido acompañado con una vitalidad -una alegría, tal vez- que ha conseguido “identificar” a miles de chilenos. La gente, al parecer, lo identifica con una especie de nueva derecha, algo más light, menos castigadora que la de su compañero Lavín. Lo identifica con ese carácter winner tan arraigado, gracias a la cultura que se nos importa. Así es como se le había llamado a ese segmento (durante las encuestas), que ha dado la tendencia ganadora a este candidato, como el de los hombres de clase media “aspiracional”. Imagino a aspiraciones de winners.
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Por otro lado, me extraña la baja votación, en proporción, por parte de las mujeres para con la candidata concertacionista. Si bien son las mujeres quienes más votaron por ella, esta votación no fue abrumadora (como debiera ser lo “lógico”), sino apenas significativa. Y será que las mujeres también aspiran a ser winners. En un país en donde las mujeres son jefas de hogar, en donde las mujeres trabajan menos que en el resto de Latinoamérica, al parecer el ánimo de identificación con otra mujer aún cuesta.

Hoy las mujeres demostraron que aún muchas son las que no desean esa tan divulgada necesidad de igualdad. Demostraron que no se atreven a identificarse con su capacidad de poder. Y habrá una segunda vuelta que será el paso decisivo, el hacerse responsable de una elección, al menos si no decidir políticamente, sí saber decidir aquella o aquel que nos identifica. Decir qué somos en este país, y lo que queremos ser.

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“Si me quieres, quiéreme entera, / no por zonas de luz o sombra... / Si me quieres, quiéreme negra / y blanca. Y gris, y verde, y rubia, / y morena... / Quiéreme día, / quiéreme noche... / ¡Y madrugada en la ventana abierta! // Si me quieres, no me recortes: / ¡Quiéreme toda... O no me quieras!”. Dulce María Loynaz.

 
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