31.5.05
texto prêt à porter

Por un momento, creí nublarse mi vista, pero en realidad no era así, de modo que volví a leer: “El liberalismo político que yo defiendo bajo la forma especial de un republicanismo kantiano se entiende como una justificación no religiosa y postmetafísica de los fundamentos normativos del Estado constitucional democrático.” Y lo volví a leer
el liberalismopolíticoque yo defiendo bajo la formaespecial deun republicanismo kantiano k a n t i a n o se entiende como una justificaciónnoreligiosay postmetafísica p o s t m e t a f í s i c a de los fundamentos normativos n o r m a t i v o sdelEstado constitucional democrático.

Acaso nadie le dijo a Habermas, de pequeño, algo como
sea claro mi bebé, Jüngercito, que tanta palabrita puesta así puede sonar a demagogia, porque no me cabe duda de que él lo lleva muy claro, pero pareciera que lo dice de una forma que, más que retórica, suena a jerigonza intelectual. O bien, seamos objetivos, vamos a suponer que el trabajo de traducción es mal pagado, siempre es para ayer y que, quien sabe, el traductor quizás pasaba por uno de esos días en que la mujer siente que ya no le dice esas cosas que a ella le gustan como antes, ya sabes, eso apremia un montón; o tal vez es una traductora que por esos días tenía al menor de sus hijos con una gripe, de ésas que dan tos de ultratumba. Vaya una a saber.

Hoy al llegar a la estación Los Héroes del metro, pensaba que si usamos la ropa para vestirnos y, al mismo tiempo, decir algo sobre nosotros, pues bien, las palabras podrían tener una función similar. Si así fuera, lo que se llevaría hoy es el texto corto y preciso. Corte retórico, pero minimalista, no al punto del haiku, o una especie de Armani del texto, sino más bien a lo Mary Quant. Es la época del minitexto. Y se lleva con soltura y gallardía, así se nos vean hasta las impúdicas tildes diacríticas.

Por ende, el querido Jünger lleva lo que se diría un texto de corte y confección clásico. Algo que está a medida, a la suya, claro. Y que si te lo colocas, es decir lo pones junto a tus textos, puede que te quede largo de metáfora o corto de mímesis. Ahí lo notas tú de inmediato. A mí me queda fatal. Fatal también me queda el minitexto, pues lo que a mí me gusta son los velos, las gasas conectivas, la puntilla de comas, la entrelínea entre párrafo y párrafo, algo como el adlib textual, libre, pero producido.

Lo que sucede es que Jünger debe saber “vestirse” para la ocasión, estar a la altura de sus ideas y mirada, pues no se vería bien que se le llegara a descoser el traje por un sintagma nominal mal hilvanado.
Lo que verdaderamente es de mal gusto en un desfile de modas textual es la siutiquería. Por ello, uno evita el hilo dorado entremedio de un sujeto y un predicado. Si va a haber luz, que salga de la palabra precisa, el verbo indicado. Pero ya sabemos que la moda no incomoda, así que si lo que deseas es estar
in, ya sabes: corto y preciso. Eso dispara el consumo, las ventas, y ya sabes que significa eso: la casa en la playa, el convertible rojo, el viaje a honolulu, etc. Si te sobran letras, pues nada, la evitas y es mejor.

Si alguna vez lees a Proust, podrás tener en tus manos un ejemplar único, algo como una camisa con tres mangas o un pantalón con una pierna. En cambio, si lees sólo prensa, házte la idea que podrás vestir tus textos de los accesorios más increíbles, como un buen sensacionalismo entre conectores, o un activo proceso de tropolalia. Una cosa de no creerse, quisieras tenerlos todos.
Yo he tratado de estar a la moda, lo hago por el teléfono celular. Mis mensajes son cortos y precisos.
Hi amor. llamam. Quedo de lo más
in, es cuando me siento que el mundo gira conmigo en el mismo sentido. Sin embargo, cuando escribo tooodo lo demás, uy, cómo sufro de saber que mi tejido textual no adquiere las dimensiones que dicta la orden del día.

“¿Es un imperio / esa luz que se apaga / o una luciérnaga?”. Poema haiku de Jorge Luis Borges.
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29.5.05
testigo musical, meme que le dicen

Recibo el testigo musical de
Roberto, algo como el corre el anillo.
Tamaño total de los archivos de música en el iMac:Apenas 652.4 mb para 146 canciones. (¿no cuentan los 7 CDs de “gratuitos” mp’3s?)
Último disco que me compré:“Garcia/Padilla”, música contemporánea americana (que no lo compré precisamente).
Canción que estoy escuchando ahora:“Sunny Road”, de Emiliana Torrini.
5 Canciones que escucho mucho o que tienen significado para mí, ¿¿sólo 5??, uf:
1 / “Blanco y negro” / Pablo Milanés y Víctor Manuel.
2 / “Ce matin la” / Air.
3 / “True” / Spandau Ballet.
4 / “Hymn of the big wheel”/ Massive Attack.
5 / “Velha Infancia” / Os Tribalistas.
5 personas a las que paso el testigo:A uno que sabe,
Tono.
Paredro.
Nadia.
Chandler.
Gealuna.
”Según Richard Dawkins, (...) nuestra cultura se constituye por la información acumulada en nuestra memoria y captada generalmente por imitación (mímesis), por enseñanza o por asimilación, que se articula en memes”. Wikipedia
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24.5.05
que la fuerza te acompañe

Fue una tarde, caminando con mi familia por las estrechas calles del barrio gótico, en Barcelona, me adelanté y doblé la esquina, sólo para dar un alarido que no olvidaré jamás. Frente a mí, a casi dos metros de altura, respirando como si estuviera a punto de un ataque de asma, Darth Vader en persona, mirándome. Fue que entendí que el lado oscuro de la Fuerza podía atacarme en cualquier momento. Si no hubiera sido por las explicaciones de mi madre, que si la juguetería promocionaba con un Lord Vader que era igualito al de la peli, si no hubiera sido porque estaba ella ahí en verdad, me hubiera hecho pis.
Casi 28 años después, me entero que Lord Vader y el lado oscuro de la fuerza podrían ser un nuevo compendio mítico para la psicología, en donde los arquetipos del bien y el mal recorren matices dignos de tenerse en cuenta.
Y cómo no. Me tragué las casi dos horas de la peli, cuando mi único y definitivo objetivo era ver ese momento en que se concluía lo que ya sabíamos: Anakin, postulante a maestro Jedi, y además padre de Luke, se transforma en un Sith. Y es que el malo de la película siempre se la roba. Sobre todo en estos tiempos.

Sobre el scanner de mi escritorio se luce una Milleniun Falcon, cedida por mi sobrino, quien se quedó con la nave de Luke; ya sabe él que mi debilidad
star wars es Han Solo. A quien extrañé sobremanera en este tercer episodio, que es el sexto y último de la saga (no de nueve, como se especulaba). Por algo la princesa Leia se encandila con él, quien no, con los guaperas que era, pues en esto de la psicología femenina, a una siempre le atraen los políticamente incorrectos, arrogantes, presumidos, aventureros y, sobre todo, cuando derrochan
sex appeal, je. Nadie puede.

Allá a finales de los ‘70s, mi obsesión era R2D2 a decir verdad. No tenía ajustado aún los niveles hormonales o intelectuales como para reconocer que lo más atractivo de la guerra de las galaxias eran las naves y batallas, el lado oscuro, los jedi o los sith o Han Solo. Mi punto de inflexión lo daba ese robot, capaz de acompañar y generar aquello que ni siquiera podía atisbar pudiera parecerse a lo que es hoy la cibercultura. Lo más cerca que estuve de mi sueño de poseer un robot ceñido a mis deseos fue una miniatura de R2D2, que aún conservo, sólo que paticojo. No mide más de cuatro centímetros pero, si uno le da cuerda, sigue caminado.

Habrás intuido, a esta altura del texto, que me gusta la Guerra de las Galaxias. Y sí. Sin mucho fanatismo, pues nunca me ha dado por esas cosas, pero he de confesarte que estuve a punto de comprarme una máscara de Lord Vader el otro día al pasar por una tienda. Cuando vi en este episodio el momento en que Anakin se convierte en Darth Vader, y apareció con su casco, noté ciertos rasgos de diseño algo ochenteros, fue entonces que me dio una cosa rara, como nostalgia. Ternura quizás. Es el sinsentido de las emociones, ya ves.
El espectáculo de Lucas se transformó en un fenómeno que no merece críticas o análisis demasiado sofisticados, pues si algo pertenece al mundo de la entretención espectacular de forma simple y brillante es la Guerra de las Galaxias. Para profundidades psicológicas en el espacio, Tarkovski. Aunque Yoda se encarga de lo suyo, siempre con esa postura más oriental, espiritual, de sabiduría extrema, así y todo en este último episodio se luce con habilidades en artes marciales que da la bendición digital hecha imagen, para hacer un Kill Bill III con él, y con lo chiquito y orejón que es.

Pues sí, la historia es simplona, a tal punto que poco importa, pues lo que uno quiere es ver, y ahí se ven cosas que divierten, un androide malvado, un paisaje inventado, robots descuartizados; todo es pura fantasía, una delicia de distracción. Aunque, para que estamos con cosas, la realidad late en esas metáforas visuales, en fin.
Mientras tanto, en Santiago el termómetro anda estrecho en grados centígrados, sacudimos nuestra cabeza ante los acontecimentos nacionales, nos sorprendemos con la farándula criolla y, quien sabe ya en qué lado de la Fuerza andaremos.

"El miedo es el camino hacia el lado oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento. Percibo miedo en ti." Yoda.
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16.5.05
eliminando gérmenes

El otro día por la mañana, en el supermercado, me debatía entre comprar el Pato Purific naranja o el lavanda. Mientras observaba el envase, tan
ad hoc a su nombre, imaginaba que una vez en casa, tendría que utilizarlo. Y lavar el báter (wc) no es de las cosas más agradables que uno pueda estar pensando. Al mismo tiempo, ya decidida por el naranja, en el cual son más visibles esas chispitas mata gérmenes, lo que me daba total certeza de eliminar cualquier bicho que ronde por tan sacro lugar, recordé que tenía pendiente cierta tarea de índole profesional. Y recordé, al mismo tiempo, que tenía pendientes otras cinco o seis cosas más.
Ya en la caja, pagando mi producto elegido, contenta de llevarme a casa el Pato Purific naranja, traté de discriminar tan banal placer para poder discernir algo más sublime, cosa de llevarme a casa no tan sólo el mata gérmenes, sino también algo de
glamour para poder llevar a cabo mis otras tareas.

Ya en casa, desempacando de las bolsas lo que alegremente hube consumido en el supermercado, saqué mi Pato Purific, me puse los guantes de goma amarillos y me dispuse a exterminar gérmenes de los báteres. La tarea fue rápida y sencilla, el olor a naranja, emanado al término de la misma, satisfacía todas mis aprensiones anti bichos domésticos invisibles. Sin embargo, lo sublime, lo trascendente, no llegaba a mi pensamiento. Por lo que decidí utilizar el Glassex antigrasa en la cocina, el Glassex multiuso para los vidrios, el Poet lavanda en el piso y terminar mi obra maestra con el lustramuebles marca chancho en la cubierta de la mesa.
Con todo el arsenal de limpieza desplegado, los contornos que delimitaban mi espacio estaban limpios, aromatizados y despojados de cualquier germen o bacteria, lo que me producía una sensación de tranquilidad inigualable. Lo extraño, era la sensación de cansancio, percepción que me llevó a comprender, una vez más, la razón por la que tantas mujeres y hombres delegan tan sacra labor a otro.

Fue con el cansancio en el cuerpo, fumando un cigarrillo y bebiendo mi té con canela que vinieron a mí las imágenes de todo el recorrido: desde el supermercado a la sacada de brillo en la cubierta de la mesa. Me había extenuado. Y extenuada, no se puede pensar en cosas sublimes.
Y fue que así, extenuada, domesticada, con olor a limpio a mi alrededor, me conecté al computador, computadora para algunos, ordenador para otros, para llevar a cabo lo que me llevó años de preparación académica. Como si un relámpago de creatividad hubiera inundado el lugar (quizás producto de tanta limpieza), brotaron de mí ideas sublimes, colores ideales, composiciones perfectas; al cabo de pocas horas, había resuelto el “problema” de diseño y lo envié de inmediato al cliente para su visto bueno y, a poder ser, sus alabanzas a tanta creatividad desplegada. Esto último no sucedió, pero sí “le había gustado mucho”, le había parecido “súper bien” y creía no habría que hacerle ningún cambio, salvo que su jefe y el jefe de su jefe opinaran lo contrario.

Ante la evidencia de que, una vez más, mi talento creativo no pudiera ser reconocido, saqué de la alacena una velita blanca y la coloqué en el portavelas junto a San Expedito, quien se porta como un verdadero santo. Yo ya había hecho lo mío, le tocaba a él lo suyo.
Extenuada, no reconocida, pero con el hogar limpio, opté por continuar con aquel texto de “ethics into design”, que estando en inglés, me provocaba cierta dislexia cognitiva. Percibí mi bloqueo cognitivo cuando al observar el control remoto del televisor sentí un cosquilleo en la espalda, como ese cosquilleo que me da cuando te beso y siento tu aroma en tu cuello. Es entonces que sé anularé mi mente, porque dejaré que el cosquilleo me lleve a tu deseo, porque sé que me dejaré llevar por el impulso que me dicte el momento, dando paso a la libertad del placer y sus misterios. Así que tomé el control remoto y encendí el televisor.

¡Aah!, mi televisor. Fuente de inspiración. No sólo me hizo olvidar que estaba extenuada y poco reconocida, sino que, además, me dijo lo que pasa en el mundo, en el mundo que no necesita chispas mata gérmenes, ni velas a San Expedito; y por su fuera poco, me dijo que probablemente estaría nublado, con posibles chubascos a media semana.
Ahora, me dice que tenemos nuevo candidato presidencial, nuestro pequeño Berlusconi local, que ya cansado de hacer dinero, contento ya con su línea aérea, su islita, su canal de televisión, su mall, resulta que ahora quiere hacer “país”. Y con esas noticias tan entretenidas, más el
reality de pseudo vips entre vacas, ¿a quién le puede importar estar extenuada y poco reconocida?

“No habiendo mente ni espejo, no hay nada que limpiar”. Poema zen.
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9.5.05
mi mejor enemigo

El viernes pasado, por largo rato, pensamos que es posible aquello que creemos no lo es. Y es posible cuando se mira desde otra perspectiva. Días antes, el amigo me había invitado a participar de su proyecto a modo de ayuda, contra viento y marea, contra bits y baudios, contra la ley de Murphy y sus calamitosas afirmaciones. Y el proyecto se concretó, se celebró, además. Y la voluntad empeñada nos dio un viso de esperanza de que sí es posible.
El día anterior, pasamos a ver “Mi mejor enemigo”, con muy pocas expectativas. La película, en cambio, nos sorprendió. La calidad de las caracterizaciones, la sencillez del argumento, el paisaje imponente; la gracia de un director que, pienso, hizo algo bueno, ya que alguna vez oí decir que un buen director hacía actuar hasta a un perro y, en esta peli, la actuación de la perra “Brújula” es notable. La muestra, en forma de comedia dramática de lo absurdo de la guerra y de lo revelador de nuestras diferencias e idiosincrasias, hizo que saliéramos del cine con el tema en los labios, el recuerdo de épocas pasadas y el reflejo de lo que somos o fuimos, o pensamos éramos.

Al día siguiente, en la sala Isidora Zegers de la Universidad de Chile, nos albergamos para ver al amigo y su proyecto. El que significó pasar dos noches en vela, escachuflar (=hacer ñac, caput, sonar, fotut) mi adorado iMac, por fin ya repuesto y con casi nada de pérdida de memoria.
Abraham Padilla se llama el amigo, y es un brillante jovenzuelo de mi edad. Él nació en Perú, pero está radicado en Chile hace sus buenos años, más de una década a decir verdad. Su lenguaje es la música, aunque ya haya recorrido a estas alturas la dirección teatral, la musicoterapia y la arquitectura. Son gajes del que vibra en función del arte. Abraham se fue a dirigir, entre el 2002 y el 2004, las cuatro orquestas profesionales del Perú: la de Lima, Trujillo, Piura y Arequipa. Pero no se fue a dirigir obras clásicas, sino que música contemporánea, ésa que experimenta, que explora. Y no cualquier música contemporánea, sino que la americana. Para elló escogió obras del eximio maestro peruano Celso Garrido-Lecca y del otro gran maestro chileno -premio nacional de arte 2002- Fernando García.

Fue después de esa experiencia que pensó, en su espíritu emprendedor, llevar esas piezas grabadas en vivo a un disco. Y vino la odisea, lo que al principio se veía modesto, comenzó a adquirir mayores proporciones. Y fue que se gestó el proyecto del cd “García | Padilla”. En él se rinde una suerte de homenaje al maestro chileno, con su obra, la cual ha estado permanentemente comprometida -como él mismo- a la idea de construir una Ámerica hermanada, sin esas fonteras que lo único que hacen es disfrazarnos nuestras similitudes.
Durante la presentación, la idea de peruanos y chilenos conversando en un acento común era perceptible. A través de la música americana contemporánea, éramos testigos de que no nos queda otra que compartir, compartirnos y reírnos de la estupidez que nos quiere dividir, enfrentar.
Fernando García, presente en el acto, dirigió sus palabras señalando que deseaba evitar ser homenajeado, para pasar a ser el puente de esta hermandad en la que no duda es la base real de nuestras vivencias como personas, como las personas de lo cotidiano, no como las personas televisadas que se enfrentan por límites que ni siquiera conocen.

Salimos del acto al cóctel contentos, a probar el pisco sauer peruano, aderezado con canela, en su punto, un
caprice de dieux el brebaje. Recibimos obsequios de artesanía peruana y, mientras bebíamos, comíamos, haciamos
socialité, sobre una mesa la bandera peruana y la chilena estaba entrelazadas, simbolizando lo que, en el fondo, creemos pareciera imposible a veces. Aquello duró unas horas, muy breves, para hacernos entender lo que la historia de años nos ha construido en forma equivocada. La película chilena, mi mejor enemigo, nos dijo que argentinos y chilenos solemos vivir de la misma sensibilidad, Abraham y su proyecto con García nos volvió a repetir lo mismo. Y en cambio, las noticias, nos siguen bombardeando. Y las bombas, destruyen.
-Me da la impresión de que el pisco peruano es más rico que el chileno...-, -Oh, mmmh, sí, sí, tengo la misma impresión, mmmh, pero Petra... el vinito, no hay como el vinito chileno...-.

“Tierra mía sin nombre, sin América, / estambre equinoccial, lanza de púrpura, / tu aroma me trepo por las raíces / hasta la copa que bebía, hasta la más delgada / palabra aún no nacida de mi boca”. Amor América. Pablo (sí, sí, el Neruda).
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