
Días atrás me disponía a escribir un post sobre la belleza del cabezazo de Zidane en el pecho de su rival italiano; fue una escena de un belleza extraña, creo, maldita, que no me cabe duda será la imagen más recordada del pasado mundial de fútbol. El asunto es que al final no escribí nada y me puse a escribir sobre lo que sí debía escribir y mi mente se hubo de situar en la realidad del estudio y la investigación de lo que mi responsabilidad clama. Y es que el gozo se siente igual cuando se hace lo que te gusta por negocio o por ocio, eso creo; mmm, creo que deberé ajustar esa frase pues fuera de contexto imagino podría desvirtuar hasta mi decencia, ejem.
Mi pensamiento ha estado algo ocupado de investigaciones e indagaciones sobre algunos tópicos que creo sólo excitan mi propia voluntad, por ello, y por cierta capacidad de empatía, es que lo que sale de mi teclado no tiene mucho carácter de publicable en este local. Sin embargo, aún dentro de esas divagaciones se mantiene el espíritu de lo que me mueve: la cotidianeidad.

El rasgo de lo cotidiano, ese rasgo a veces doméstico, otras rutinario, algunas extraordinario, sigue pareciéndome la característica más visible de aquello que pareciera desaparece en el ambiente urbano: la realidad. Porque ni te das cuenta como de repente, así en ese diario quehacer que incluye horarios de trabajo, tránsito, cuentas, titulares de prensa, créditos sin interés y tres cuotas precio contado, entre otras cositas, se te va escapando cierto sentido de
realidad; no es hasta que llegas a casa, observas el grifo del lavaplatos gotear y te das cuenta de que aquello sí que es real, y sí hay algo que puedes hacer para “transformar” la realidad: cambiarle la gomita al grifo. Lo demás existe en tu realidad, sí, pero de la forma más voluntariosa posible: inmaterialmente.
Así que ya ves, mi divagación dice que realidad y materia van de la mano, física básica, qué te parece.
El mundo se percibe desde el cuerpo y se concibe desde la mente, así nos han enseñado la cuestión. Hoy en día, es tal la impercepción de cómo las cosas funcionan que nuestra concepción de ellas es casi mágica, imaginaria. Irreal. Sabemos que 200 muertos en el Líbano significan 50 pesos en el aumento de la locomoción colectiva, pero poco sabemos cómo funciona ese fenómeno. Entonces la realidad se nos torna confusa porque en ese desconocimiento, nuestras emociones transitan por los derroteros más increíbles. El botón de la lavadora se estropea y lo única opción que queda es cambiar el modelo, pues nunca supimos qué pasó, pero podemos suponer que desde esa cadena de montaje de miles de subempleados orientales las cosas no se hace con la precisión que uno cree es la que debe haber para que algo funcione siempre, además que los materiales de baja calidad son la panacea para los precios de liquidación 2 x 1.

Y así, confundido de cómo funciona el entorno no queda más que imaginar una realidad que funcione a la medida de lo que el sentido común dicta. Sentido que pareciera de común tiene lo que alcance a decirse por las 525, o 625 líneas, o LCD o plasma, a todo color que el aparato de nuestro hogar, o nuestro bolsillo, dice. “El progreso trajo el horror”, le escuché decir el otro día a una mujer que considero muy progresista.

Entonces, cuando estás cambiando la gomita al grifo, en una acción doméstica, real, ajena a los discursos y pensamientos pluscuamperfectos, se te cae la teja y ¡zas!, el aquí y ahora en toda su dimensión. La realidad y tu voluntad dentro de ella. El signo de lo cotidiano, una vez más, te devuelve tu sentido, y le dices al otro que la gomita funcionó y que el grifo funciona y entonces -magia- el sentido es común. La celebración a tal transformación dentro de la realidad se hace necesaria y le dices al otro que materia y espíritu son la realidad, y el otro, te sonríe, abraza y besa desde su materia, dice cosas a tu oído desde su espíritu, y queda la escoba, la voluntad de la realidad se impone, y comprendes que la única cosa mágica que no ves en la realidad, que es inmaterial, es el amor, y, bueh.
imágenes de platos de Fornasetti y monos de Sparkability
"¿Es escribir el don de la flexibilidad, de ser flexible con la realidad? Por eso, a uno le encantaría ser flexible, desde luego, pero ¿qué pasa entonces conmigo? ¿Qué pasa con aquéllos que no conocen en absoluto la realidad?". Elfriede Jelinek.